Perderme entre melodias, irme lejos, no volver...

Perderme entre melodias, irme lejos, no volver...

Asi soy yo. Asi me gusta ser

Bienvenido señor lector.
En este blog no encontrará más que las experiencias, anécdotas y reflexiones de una adolescente rara, perdida y algo rayada.
Si no es lo que buscaba, es libre usted de retirarse.
Si quiere saber de que se trata todo esto, sea usted bienvenido...
Juanita.

martes, 20 de diciembre de 2011

Para alguien de hierro

Las vueltas de la vida me han permitido conocer a personas maravillosas. Tanto es así que me enorgullece decir que uno de mis amigos más cercanos merece una mención especial en mis pequeños escritos. Este chico, de estatura normal, sin músculos vistosos y delgado como un alambre. Este chico humilde y tímido es, así como lo ven, una de las personas más fuertes que conocí.
Vive con su tío, un hombre generoso y adorable a pesar de su aspecto tosco y descuidado, ya que sus padres fallecieron cuando el era muy chico. Y aunque el le brindó todo e amor que le fue posible, mi amigo cargó con esta amarga pena toda su vida.
Se distrae leyendo, escribiendo, ayudando a su tío en el taller de reparación de autos que los mantiene, escuchándome a mi  y a mis problemas (pavadas de adolescente histérica comparadas con los suyos)
En la escuela fue agredido, humillado, rechazado y hasta casi violado por su condición sexual. Mi amigo era la persona más tolerante, buena, comprensiva, y era gay. Por ese último detalle hicieron de su vida un infierno.
Al no encontrar ayuda ni en profesores ni en profesionales, se refugió en el mundo de falso alivio y serenidad de las drogas. Se volvió agresivo, inestable, cada vez más cerca de la dependencia. Vendió sus zapatillas, su guitarra y su celular para comprar más estupefacientes y llegó a ese punto repulsivo de ser un cuerpo sin contenido, sin nada que lo llene más que los narcóticos. Respiraba, caminaba, pensaba, vivía solo para tomar la siguiente dosis que lo condujeran a otra realidad menos dolorosa. Sus ojeras tapaban su rostro, su palidez lo hacía confundirse con un cadáver y estaba más flaco que nunca. Aún así no lo abandoné, ni ahí ni cuando casi muere de una sobredosis. El nunca lo haría, yo menos.
Entró en rehabilitación por decisión propia y poco a poco volvió a ser el de antes. Lo integré a mi grupito de amigos y lo supieron tratar muy bien, parecía feliz. Hasta ahora. Era el momento de devolverle todos los favores que me dio y apoyarlo más que nunca:
Habían diagnosticado a su tío de cáncer.
Entré al hospital, sus paredes blancas al igual que el piso le daban un aspecto de inmaculada pulcritud. El olor a productos de limpieza se mezclaba con el del café. Me indicaron adonde tenía que ir. Caminé sin caminar por el pasillo, miré sin ver el número de las habitaciones. Estaba lejos de allí, estaba dentro de mis pensamientos de preocupación y angustia.
Entré a una habitación. El enfermo dormía apaciblemente en la camilla, contrastaba notablemente con la imagen de al lado. El chico sentado en el sofá a su lado estaba pálido, sus ojeras delataban que no había dormido en semanas, la comida depositada a su lado estaba sin tocar. Tenía las manos juntas y apretadas, miraba fijamente al enfermo. Era la tensión personificada.
-Nico...- susurré
Levantó la vista, sus ojos me imploraban un milagro o por lo menos consuelo. Me senté y lo abracé, me devolvió el abrazo aun más fuerte y me soltó.
-Dicen que es tratable- dijo, volviendo la vista al único pariente cercano que le quedaba
-Bien...-
-Si, lo que pasa... es que no sé que voy a hacer cuando se vaya-
-Cuando se vaya vas a ser grande, nene-
-¿Y si se va antes?-
-¿Para qué pensar en eso? Es inútil. Ahora lo van a tratar, se va a poner mejor y va a estar todo bien. Si se va antes, bueno, ahí veremos que hacer... No sé que haremos pero algo sé y es que voy a estar ahí y no voy a dejar que te rindas porque si lo haces ¿Qué va a pasar conmigo?- Lo abracé nuevamente -nene, sabes que no puedo sin vos-
-Gracias- me dijo, después de un rato
-¿Por qué?-
-Por todo... todo-
-Sos de hierro, Nico-
-Ojalá-
-Enserio, sos la persona más fuerte que conocí, la que más se banco toda la mierda que le tiraron sin merecerla y a pesar de todo siguió levantándose después de cada caída. Prometeme que en esta no te vas a quedar en el piso.-
-Te lo prometo- agarró mi mano y me sonrío, lento y con esfuerzo, como si no lo hubiera hecho en mucho tiempo. -Necesito un café- me dijo, de repente
-Quedate, yo te lo traigo- Fui hasta la máquina de café lento, pensando y reflexionando. Distrayéndome un rato. Volví con los dos vasos humeantes pero el chico, por primera vez desde hacía días, dormía profundamente en el sofá. Su tío me miraba sonriente desde la camilla.
-Miralo, por fin pegó un ojo. Le traes paz-
-Hago lo que puedo- le sonreí, dejé los vasos en la mesita, me acerque a la camilla y tomé la mano del hombre -te vas a mejorar-
A los días Nicolás  vino con un inusual entusiasmo y sin saludarme me dijo -No pienso caer más. A mi tío le dieron el alta- luego miró al piso y agregó -Y si me caigo sé que vas a estar ahí para ayudarme-
Así mi amigo me enseñó que la fuerza no se mide en músculos.

Juanita.

1 personas dieron su opinión:

Gabriel Martinez dijo...

Gracias...

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